23 abril 2011

BIELA MAESTRA

V. BIELA MAESTRA

A la semana de regresar de los Estados Unidos iniciaba mis vuelos en el T-28-P. Este avión conformaba el núcleo de la Escuadrilla de Ataque, pero también estaban asignados a ella Beechcraft C-45-H y en abril de 1972 se sumarían los flamantes Queen Air B-80.
Inmediatamente comencé el curso de señalero.
Para lograr la habilitación, debía controlar mas de 1000 aproximaciones en circuito simulado de portaaviones en tierra (PTAP) de los aviones T-28-P, primero observando el desempeño de un oficial señalero en las directivas dadas a los pilotos durante la aproximación, según la actitud del avión relacionada con su velocidad, la alineación con respecto al eje de la pista, y la trayectoria al punto de toque en la zona simulada de cables para el enganche. Posteriormente efectuaba el control con respaldo de un veterano oficial señalero y finalmente hacía solo el control con un ayudante para las anotaciones.
Los errores de cada aproximación se registraban con siglas en una libreta que contenía el historial de los pilotos individualmente, y con ellas se analizaba su desempeño, que luego era comentado en la reunión de post-vuelo.
Al comienzo del año se habían presentado los pilotos recién egresados de la Escuela de Aviación Naval, que debían realizar más de cien aproximaciones cada uno de PTAP para su calificación a bordo del portaaviones y ello me permitió, dada la cantidad de novatos, alcanzar el número requerido para mi habilitación como señalero en septiembre de ese año 1972, luego de observar y controlar a bordo del portaaviones mas de 300 aproximaciones.
La actividad de vuelo era intensa, principalmente en tareas de ataque con la calificación en armas, maniobras de combate y operaciones en portaaviones. Regularmente volaba el C-45 en traslados, y con la incorporación del B-80, propulsado por dos motores Lycoming 540 de 380 HP y hélices tripala, tenía mis primeras experiencias en el uso de radar meteorológico.
Con el apoyo de estos transportes ligeros, la escuadrilla se desplazaba hasta Ushuaia para efectuar ejercitaciones en la Isla Grande de Tierra del Fuego. No sólo cumplíamos tareas con las lanchas rápidas de la Base Naval y apoyo aéreo cercano al Batallón de Infanteria de Marina N°5 asentado en Río Grande, sino que además efectuábamos ejercicios de supervivencia en tierra, como el de recorrer 40 kilómetros por Tierra Mayor sobre un sendero nevado, pernoctando en la travesía hasta alcanzar Puerto Harberton, donde una lancha rápida nos esperaba para regresar a Ushuaia.
Con tanta actividad en la zona, conocíamos todos los pasos de la cordillera que sobrevolábamos rasante entre montañas nevadas, sobre una deshabitada región que conformaba un espectáculo inolvidable.
La operación en pista nevada no era problema mientras no existieran planchones de hielo que pudiesen hacer perder el control del avión. Para evitar esto, diariamente se eliminaba el hielo con una vieja turbina de Panther montada sobre un vehículo que recorría la pista apuntando con el chorro de escape caliente sobre el eje de la misma. Con un ancho despejado de pocos metros podíamos despegar y aterrizar con precauciones. Era normal el tratamiento con urea para mantener operables las pistas de ambas bases en Tierra del Fuego.
Alternábamos las idas a Ushuaia con los embarcos en el portaaviones, y uno de ellos fue muy especial: se ordenó la calificación nocturna a bordo con el T-28-P. Los pilotos con mayor experiencia fuimos seleccionados para el evento. Yo me había convertido en “centurión”, al sobrepasar los cien enganches en portaaviones y junto con el Comandante, el jefe de operaciones y otros tres oficiales comenzamos la practica de PTAP nocturno en Espora. Como señalero se desempeñaría el Teniente de Navío Eduardo Marty, quien era el segundo Comandante.
La maniobra prevista de despegue nocturno en carrera libre - por no tener el avión un sistema que le permitiese ser catapultado - fue criticada por los experimentados pilotos de Tracker, quienes no la practicaban por falta de seguridad en operación nocturna. El avión dejaría la proa del buque con muy poca velocidad y a 50 pies (15 metros) del agua, sin referencias visuales en la oscuridad de la noche. En cambio con catapultaje, el avión tendría mayor velocidad y dejaría la proa en una trayectoria marcada de ascenso, pero no era este el caso por no estar técnicamente preparado el T-28P.
Tampoco se contaba con un copiloto que siguiese los instrumentos cuando el piloto debía mirar al sistema óptico de aproximación y la referencia de alineación durante el giro de básica y final en la aproximación.
La referencia para alinearse a la pista se lograba visualizar porque a popa del buque, siguiendo el eje de la pista, pendía una “guirnalda”, así llamado un pesado tubo con varios focos que formaba un ángulo recto con las luces del centro de la pista.
Si el avión estaba alineado en final, sólo se vería una recta, y se podría ver una recta quebrada en ángulo a la derecha o izquierda del eje de la pista si el avión estaba alineado a la izquierda o derecha respectivamente.
Luego de un intensivo adiestramiento simulado nocturno en Espora, el 25 de Agosto navegando en la zona del Rincón a unas 120 millas de Espora realizamos tres enganches diurnos previos a la operación de esa noche.
Con el crepúsculo despegaron el entonces Capitán de Corbeta Carlos A. Vattuone y el Teniente de Navío Oscar Arce, quienes completaron sus tres enganches para calificar. Yo debía subirme al avión en marcha que dejaba el Comandante estacionado a proa estribor.
Luego de haberme colocado los cinturones de seguridad, conectado el cable de comunicaciones del casco y probado la máscara de oxígeno, comencé las pruebas y verificaciones antes de dar la señal de listo para ser empujado por el team de cubierta hacia popa para el despegue.
Mi sorpresa fue grande cuando vi la luz ámbar que indicaba inverter auxiliar conectado. Probé el inverter principal y este fallaba. La alimentación al horizonte artificial era a través de la corriente eléctrica del inverter que convertía la energía eléctrica del avión a las necesidades del instrumento. Cuando el principal fallaba, saltaba al auxiliar.
Dudé en parar motor y cambiar de avión con todas las complicaciones que esto significaría. Por otra parte, dependía del horizonte artificial como nunca para volar en esas condiciones. Pero si el comandante había cumplido su periodo, ¿Por qué yo no?.
Di el OK y fui llevado a popa. La noche era ahora cerrada sin luna y con una capa alta de nubes que ni dejaba ver las estrellas.
Flap en posición, cabina abierta, acelerador a fondo, señal de listo, linterna del jefe de cubierta señalando la proa del buque y solté los frenos. Las líneas de luces de cubierta comenzaron a pasar y la poco iluminada zona de la isla, donde estaba la torre de control, también quedó atrás. Adelante tenía la oscuridad total y llevé mi vista al horizonte artificial para rotar y mantener la actitud de ascenso. El instrumento respondía bien y el avión también. Con ascenso positivo reduje la potencia, y luego de alejarme comencé un giro por instrumentos, con 30 grados de inclinación, 180 grados de rumbo, al mismo tiempo que nivelaba a los 500 pies. Eché una breve mirada afuera para ver las luces del portaaviones buscando la pierna inicial. Esta pierna era más por rumbo opuesto al buque que por la pobre referencia de las luces que se veían.
Con la velocidad ajustada de 100 nudos, todo flap y gancho abajo, realizaba la comunicación con torre y luego el giro a básica, al mismo tiempo que reducía la velocidad para entrar en final. Cuando en el espejo de babor aparecía la “pelota”, una corta comunicación se realizaba: “05, pelota” y la voz del señalero “recibido pelota”. La atención se distribuía rápidamente entre horizonte artificial, velocímetro, pelota, y alineación. El altímetro era reemplazado al seguir la trayectoria que daba el sistema óptico. Ahora volaba con 80 nudos, pelota centrada y corrigiendo la alineación al eje de pista que tendía a desplazarse con el movimiento del buque. Al ruido del motor variando constantemente con los movimientos del acelerador se le superponían las indicaciones del señalero por radio, breves y de voz tensa. En final corta la atención se centraba sólo en la pelota centrada hasta el toque en cubierta y uno estaba listo para aplicar toda potencia para despegar en la corta pista remanente si no se producía la brusca desacelaración producto del enganche.
Una vez en cubierta atendía las señas con linternas de los directores de cubierta para las maniobras preparatorias de un nuevo despegue, al mismo tiempo que verificaba los instrumentos tenuemente iluminados con luz roja y seguía la lista de chequeo configurando al avión. Nuevamente la seña de acelerar el motor del jefe de cubierta de vuelo con movimientos de linterna, mi contestación de listo con cambios previstos en las luces de navegación y otra corrida hacia la oscuridad total en la proa del buque, luego de la indicación con la linterna hacia esa dirección habilitando el despegue.
En todas las maniobras se palpaba una ansiedad contenida, imperaba un silencio por demás significativo y sólo se cruzaban comunicaciones de rutina muy ajustada con la Torre de Control y el señalero.
En el otro avión se había producido el cambio de pilotos y en lugar del Teniente Arce volaba el Teniente de Corbeta C.P.. En su primera aproximación el señalero le había ordenado escape en final.
Luego de completar mis tres enganches para calificarme fui llevado a estacionamiento en proa estribor y desde allí me dirigí al puesto del señalero para colaborar con el Teniente Marty, quien me comentó rápidamente que al Teniente C.P. le había tenido que ordenar escape en final por tercera vez, ya que no venía en condiciones para un enganche seguro y que si en la siguiente aproximación no enganchaba lo iba a derivar a Espora, la alternativa para este caso.
La aproximación del Teniente C.P. fue normal, un poco alto en la parte final y ante el pedido del señalero de que redujera potencia sobre el comienzo de la cubierta, así lo hizo, al mismo tiempo que dejo bajar la nariz mas de lo debido (“Dive for Deck” en el argot de señaleros) y la rueda de nariz tocó fuertemente en cubierta quebrándose la horquilla del tren. Las palas de la hélice comenzaron a romperse mientras el avión se arrastraba por la cubierta iluminado dramáticamente por las chispas que provocaban las partes en contacto con la chapa de la pista. Con la nariz deslizando sobre cubierta, por fortuna el gancho tomó uno de los cables e impidió que el avión cayese al mar en su corrida descontrolada.
Este accidente, sin consecuencias personales, selló el fin de la operación nocturna con T-28 en portaaviones. El Guardiamarina Rodolfo D. Rivas que había despegado para cumplir su calificación, fue derivado a la alternativa situada 120 millas, en un solitario vuelo nocturno sobre el mar.

Relacionado con la operación en portaaviones fue el 11 de mayo de 1973 cuando sufrí mi primer accidente grave. Ese día debía realizar un periodo de PTAP preparativo a la etapa de navegación. Yo tenía en mi haber 640 aproximaciones en tierra simuladas de portaaviones y 154 enganches a bordo, 100 de ellos con el T-28-P.
Como se acostumbraba en esos cortos periodos, subí al avión en marcha en la cabecera de pista, cambiando con el entonces Teniente de Corbeta Jorge “Tito” Giretti, quien me entregó el A-03 sin novedad luego de completar su vuelo de PTAP.
Realicé la prueba de motor que alcanzó los valores normales de 44 pulgadas de presión de admisión y 2550 revoluciones por minuto, y a 1045 despegué de la pista 34 de la Base Espora para incorporarme al circuito simulado de portaaviones en la pista 34 auxiliar.
Mantuve la configuración para la operación con flaps y tren de aterrizaje abajo y cabina abierta.
Con potencia para ascenso manteniendo 90 nudos y en giro por izquierda próximo a los 200 pies sobre el terreno, escuché dos fuertes contraexplosiones, sentí vibraciones en el motor y la pérdida total de potencia. La reacción fue un reflejo condicionado habituado a tantas emergencias simuladas a baja altura: bajé la actitud del avión para ganar velocidad y subí el tren de aterrizaje al mismo tiempo que seleccionaba el campo donde aterrizar con tren arriba. A mi derecha estaba el edificio de la Aeroestación, a mi frente, una pronunciada zanja y hacia la izquierda estaba más despejado. Giré instintivamente a este sector y cinco segundos después tocaba tierra con bastante velocidad vertical, ya que por la poca altura no alcancé a acelerar el avión para efectuar una nivelada más suave.
El ala derecha golpeó con un poste de alambrado y el avión giró bruscamente casi 90 grados y continuó desplazándose sobre el ala izquierda, lo que ocasionó su rotura y el desprendimiento del motor.
El violento giro me arrancó el casco y se rompió parte del anclaje del asiento que se desplazó, dando mi cabeza contra la protección de goma de la visera del cubretablero. Esta se deformó con el golpe al mismo tiempo que yo perdía la conciencia. El avión se detuvo en menos de 60 metros de corrida sobre el terreno. Quienes acudieron a mi auxilio, relatan que estaba inmóvil, con los ojos abiertos, la cabeza recostada hacia un lado en estado semi inconsciente.
Cuando arribó el médico de guardia con la ambulancia, no podía convencerme de que subiera a la misma para ser trasladado. Yo le respondía que no estaba volando, que había ido a realizar el plan de vuelo a la oficina de Tránsito Aéreo. El Teniente de Navío Médico Alberto Arieu al final tuvo que apelar a su mayor antigüedad y ordenarme que subiera a la ambulancia pese a mis obstinados reclamos, aunque yo dejaba sentado que obedecía por ser él de mayor rango e insistía en que no estaba volando.
Dos horas más tarde, mientras obtenían placas radiográficas de mi columna en el Hospital Naval de Puerto Belgrano, recobré la plena consciencia.
Allí estuve unos días en recuperación y observación por los politraumatismos. Aún hoy sufro de algunos dolores en la espalda por el aplastamiento sufrido en la columna vertebral y también secuelas del fuerte impacto en la cadera.
Más tarde supe el origen de la falla y plantada inmediata del motor. Se había roto la biela maestra que en un motor radial es colapsante de su funcionamiento. Esta rotura, por fatiga de material, no da aviso previo. La emergencia se había producido en condiciones bastante desfavorables por la reducida velocidad, muy poca altura y configuración del avión, lo que me dejó muy poco margen para resolverla; sólo 5 segundos de tiempo.

Un mes después del accidente, recomenzaba el vuelo y en agosto de ese año la Escuadrilla realizaba un despliegue de los acostumbrados a Ushuaia. Deberíamos permanecer en la Base Trelew con los aviones artillados en prevención de algún ataque terrorista en la semana del 22 y luego seguir al sur.
Para el traslado desde Espora por secciones, yo había confeccionado el plan de vuelo con un nivel alto que exigía el uso de oxígeno.
El uso de oxígeno, por el peligro de incendio, fue el único impedimento a uno de mis hábitos que violaban la seguridad aérea, ya que desde Guardiamarina en los traslados a bordo del N.A., luego de un rancho en vuelo, - así llamado a la frugal comida que llevábamos en el avión para largos vuelos de navegación-, acostumbraba a fumar en pipa y para desgracia de mis acompañantes, también lo hacía en multimotores.
Era una de las pocas violaciones a la seguridad aérea en la que incurría, pero al oxígeno lo respetaba y no fumaría en pipa, aunque esta vez cometería otro error: el de no controlar detalladamente la carga del avión.
A los aviones se le instalaron el par de pods, uno en cada ala, que llevaban dos ametralladoras Browning de 12,7 milímetros cada uno y cohetes en las estaciones externas bajo el ala, con siete cohetes de 2,75 pulgadas cada una.
Como no había avión de apoyo para la carga, a los espacios libres de los pods, los artilleros los completaron con munición de repuesto para la operación.
El portaequipajes en la parte inferior del fuselaje, de bastante volumen, también fue bien aprovechado, no solo con el equipaje de la tripulación, piloto y mecánico, sino también con la palamenta para asegurar al avión (trincas, calzos, capa de motor y cabina, etc.). A esto se le sumaban los tubos de oxígeno bien completos, lo mismo todo el combustible de los tanques y algún bolso personal dentro de la cabina donde había bastante espacio. Con mi numeral ocupamos la pista e inicié la carrera de despegue desde cabecera 34. Luego de haber recorrido casi la mitad de los 2400 metros de pista, el T-28 alcanzaba la velocidad de despegue y una vez rotado noté que la velocidad ascensional era realmente baja. Me sentí tentado a abortar el despegue, pero mi numeral estaba en carrera de despegue tras de mí, y yo en el aire.
Era evidente que había cometido un gran error. Acostumbrado a que los 1300 HP del R-1820 excedían en la operación normal y el avión tenía mas de 1000 Kilogramos de carga útil, no había realizado el cálculo de peso y balanceo antes del despegue. La configuración y el peso de toda la carga efectuada había colocado la operación en una situación incómoda.
Debí mantener ascenso recto durante mucho tiempo, pues cuando iniciaba el giro dejaba de ascender. Estaba al límite de peso máximo y mi numeral también. La potencia, al máximo continuo, nos daba un alto consumo al mismo tiempo que la velocidad de traslado era baja. Lo primero que debí hacer fue cambiar con transito aéreo el plan de vuelo por reglas de instrumentos con alto nivel, a visual fuera de aerovía, pues nos costaba alcanzar el nivel mínimo de traslado por aerovía.
Con los aviones “montados” a nivel (volando con gran ángulo de ataque, poca velocidad y mayor consumo) mientras calculábamos el combustible para el arribo a Trelew, comentábamos con el numeral lo ridículo de vernos con máscara de oxígeno en una navegación a tan baja altura que no podíamos superar por el exceso de carga.

Durante la estadía en Ushuaia de esa etapa, me tocó ser protagonista de la destrucción de varios vidrios de las instalaciones de la Base Aeronaval.
Para las ejercitaciones de armas utilizábamos el polígono de la península situado al sur de la pista; allí efectuábamos lanzamientos de bombas, cohetes y proyectiles de ejercicio (inertes, sin cabeza explosiva).
A efectos de realizar lanzamiento con armamento de combate, se dispuso de un blanco sobre el sector este de la pista en proximidades del Canal Beagle y aunque bastante lejos, frente a la torre de control para que se pudiese verificar el tiro desde la misma. El blanco consistía en una vieja carrocería de ómnibus descargado. Para mayor efecto de los posibles impactos de proyectiles, en su interior había algunos tambores de combustible contaminado, no apto para uso aeronáutico.
En la primera corrida de lanzamiento efectivo en bombardeo en planeo, un afortunado 0;0 (llamado así el impacto que no tiene desvíos en alcance y dirección) acabó con el blanco, los vidrios de la Base por onda expansiva y las ganas del jefe de la Base de repetir la experiencia.
La bomba de sólo 50 kg. que yo había lanzado multiplicó su efecto con los tambores de combustible que también estallaron causando una tremenda explosión que asimismo sacudió la tranquilidad de la ciudad.

En los últimos meses del año, fui designado piloto para una serie de pruebas de lanzamiento de un desarrollo de misil antisuperficie radioguiado, similar en muchos aspectos al Bullpup americano de uso en Vietnam.
Este programa encarado por CITEFA (Centro de Investigaciones Técnicas de las FF. AA.) a solicitud de la Armada se denominaba “Martín Pescador” y el primer lanzamiento sin guiado desde un avión T-28 lo había realizado el Teniente Oscar M. Arce el año anterior.
Esta vez debía ensayarse el radioguiado con un comando de ocho puntos incorporado en el bastón de mando del avión.
Mediante un simulador en tierra bastante primitivo, realicé mas de 600 guiados para llevar al misil desde su lanzamiento al blanco distante unos 6 kilómetros en un tiempo inferior a los 12 segundos, superponiendo con el blanco el haz de luz que simulaba la combustión del misil y una bengala en su cola. El sistema no contaba con mira especial para el guiado, y las señales de radio transmitidas accionaban las aletas del misil permitiendo su control en altura y dirección para mantenerlo proyectado sobre el blanco.
El 14 de diciembre de 1973 realicé el primer lanzamiento efectivo con radio control desde el T-28-P característica A-05.
El blanco simulado era de dimensiones correspondientes a la de un destructor y estaba en la zona del polígono de armas de la Base de Infantería de Marina Baterías donde se realizaban lanzamientos de munición de guerra.
Con un planeo de 10º debería lanzar a una distancia de 6000 metros del blanco, y la trayectoria del misil sería monitoreada por un complejo sistema, al igual que las órdenes que en el corto tiempo yo le transmitiría quedarían registradas para la reconstrucción del guiado.
El misil, que superaba los dos metros de largo y de grueso calibre, sobresalía del borde de ataque del ala en más de un metro y colgaba del ala derecha, mientras que bajo la izquierda estaba instalada la antena del sistema de guiado. En el amplio portaequipajes del avión estaban las cajas de control para lanzamiento y monitoreo de las órdenes. En tierra, estaciones móviles registraban las experiencias.
El primer lanzamiento fue exitoso y lo único que me sorprendió fue la gran diferencia de paralaje –distintos puntos en su proyección - al salir el misil desde abajo a la derecha, y no como lo había experimentado en el simulador, desde el centro del avión. La tendencia a sobrecorregir fue manifiesta.
La experiencia la repetí en otras dos oportunidades y el 21 de diciembre culminaba con la etapa del programa en el cual nuevamente estaría presente al siguiente año.
El 31 de diciembre ascendía a Teniente de Navío y dejaba de ser Piloto Aviador Naval. El entonces Capitán de Corbeta Carlos A. Ruiz, Comandante de la Escuadrilla, me entregaba las alas de círculo completo que me distinguirían como Aviador Naval de acuerdo a una orden superior de Personal Naval.
En el mes de marzo de 1974 cumplía mi presentación en el nuevo destino, la Primera Escuadrilla de Ataque, integrada por aviones Aer Macchi MB-329 y asentada en la Base Aeronaval Punta Indio.
Tenía algo mas de 3800 horas de vuelo, y 169 enganches en portaaviones, pero recién ahora sería mi primera experiencia con reactores.

BAJO MINIMOS

VI. BAJO MINIMOS

Luego de completar el adiestramiento en simulador y rendir el examen teórico de conocimientos y procedimientos de vuelo, a fines de marzo inicié mis primeros vuelos en el Macchi. El MB-326 había sido incorporado a la Aviación Naval en el año 1968 en reemplazo de los Grumman Panther, y un total de ocho aviones componían la Primera Escuadrilla Aeronaval de Ataque.
De origen italiano, este biplaza de adiestramiento equipado con una turbina Rolls Royce Viper 20 MK 540 de 1544 kilos de empuje tenía modernos asientos eyectables Martin Backer dispuestos en tandem. Su capacidad de armamento, dos ametralladoras de 12,7 mm montadas en blisters destacables de sus estaciones bajo las alas, más la combinación de bombas y cohetes hasta un peso máximo de 1814 kilos en seis estaciones alares de cargas externas y una mira Ferranti para la puntería, lo hacían apto para misiones de ataque ligero y combate aire-aire.
Al vestuario del piloto que regularmente había utilizado -overol y guantes de vuelo de tela nomex, que constituye una primera defensa contra el fuego, chaleco de supervivencia con salvavidas incorporado, casco con visores para sol y nocturno, máscara de oxígeno, botas con protección de acero en las punteras para seguridad y traje antiexposición para sobrevivir a las bajas temperaturas cuando se operaba sobre el mar ante la posibilidad de tener que abandonar el avión - se agregaba el traje anti-G’s.
Esta prenda cubre desde la cintura hasta los tobillos y se ciñe al cuerpo por medio de cierres relámpagos y tientos que se ajustan sobre el abdomen y a lo largo de las piernas para una perfecta presión. Se conecta al sistema del avión con una manguera provista de una boquilla, que permite el desenganche ante un tirón provocado en caso de eyección del asiento.
El ingenio trabaja a demanda de las fuerzas de la gravedad aplicadas durante las maniobras del avión. Cuantas más "g" se aplican, mayor presión de aire derivado del compresor del motor se introduce en el traje, inflando las cámaras de aire que lo componen y ejerciendo así presión sobre el abdomen y las piernas para restringir la sangre que fluye hacia los miembros inferiores. Así se retardan los efectos de la menor cantidad de sangre en la parte superior del cuerpo, y se evita la pérdida de conocimiento dentro de ciertos límites.
En maniobras verticales con el T-28 normalmente se aplicaban como máximo entre cuatro y cinco "g"s, no solamente por las limitaciones estructurales del avión, sino también porque los pilotos alcanzaban la "visión gris", previa a la "visión negra" y el subsecuente desmayo. Con el sistema anti g superábamos los seis "g" sin problemas en aplicaciones constantes. También existían las esporádicas o instantáneas en parte de una maniobra, con valores de siete o más aceleraciones de la gravedad, y estas eran registradas en un acelerómetro del avión y volcadas en el historial del mismo, ya que acortaban la vida del fuselaje en horas de vuelo.
El sistema no está preparado para las "g" negativas, donde el flujo de sangre es inverso, hacia la cabeza. Pero también todos los aviones - a excepción de los acrobáticos -están muy limitados estructuralmente en sus valores negativos, y por esta razón siempre se busca la maniobra con "g"s positivas. Como ejemplo, para perder altura bruscamente, en lugar de bajarse la nariz, se invierte el avión y se aplican "g"s positivas, llevando rápidamente la nariz hacia abajo, para luego regresar a la posición normal con otro medio tonel. El indicador de las "g"s aplicadas era un instrumento que debíamos tener muy presente para no sobrepasar las fuerzas de gravedad recomendadas.
El asiento eyectable significaba también un cambio. Ya no tendría que retirar el paracaídas, inspeccionarlo y colocármelo para utilizarlo como asiento en el N.A. o como respaldo -por ser de espalda- en el T-28.
El paracaídas estaba incorporado en el asiento, y luego de una inspección visual del mismo y de los seguros que el asiento tenía en tierra para evitar una eyección involuntaria, debíamos colocarnos los pares de correas de asiento y espalda, y además unas ligas sujetas a los tobillos que actuarían llevando los pies hacia el asiento dentro de la secuencia de eyección, para proteger las piernas de golpes contra la parte superior de la cabina en el momento que el asiento abandonara la misma impulsado por el cartucho eyector.
Para el accionamiento del sistema existen dos mandos. Uno superior, que consiste en llevar hacia abajo la manija colocada sobre la cabeza; entonces una tela de lona resguarda la cara del piloto del muy fuerte viento relativo que encuentra al dejar la cabina, y al mismo tiempo sus brazos quedan en una posición más protegida sobre el tórax evitando lesiones en los mismos y en los hombros. La manija inferior, situada en la entrepierna. También inicia la eyección, pero es considerada secundaria por no tener las ventajas de la anterior, aunque a veces es la única alcanzable por diversos motivos, como elevadas fuerzas de gravedad que impiden levantar los brazos.
La utilización del asiento eyectable es mandatorio según el tipo de avión y la situación. Para el Macchi, situaciones como un incendio a bordo, pérdida de control del avión, avería total del motor en condiciones de vuelo nocturno sin posibilidades de alcanzar un campo preparado, etc, significaban la necesidad de eyectar. Para estos casos, es más sencillo accionar una manija y encontrarse cayendo suspendido por un paracaídas luego de que toda la secuencia automática se cumpliera, que en contraposición la difícil tarea de abandonar con paracaídas un avión. Muchos accidentes fatales en la aviación militar se produjeron porque el piloto intentó llegar con el avión al suelo en vez de abandonarlo con paracaídas. En aviones de elevadas velocidades sin asiento eyectable, como el Chance Vought Corsario o el Gloster Meteor, abandonar el avión con paracaídas era una experiencia realmente difícil.
Por supuesto, el sistema de eyección también puede fallar, pero existe la posibilidad de desconectar el paracaídas del asiento con un simple movimiento de palanca y abandonar el avión, con las limitaciones que ello impone. De igual manera puede el piloto separarse del asiento o abrir el paracaídas en caso de falla de estos pasos durante la secuencia posterior a la eyección.

La adaptación al Macchi me resultó sencilla; el avión de ala recta, con buena maniobrabilidad, no presentaba dificultades para el control. Maniobras tales como llevarlo en ascenso vertical hasta velocidad cero, centrar los controles y esperar que luego de detenerse cayese inicialmente de cola para luego bajar violentamente la nariz y ser recuperado luego con el aumento de la velocidad, eran indicadoras de su comportamiento aerodinámico sin tendencias al tirabuzón.
También se recuperaban las actitudes de un gran ángulo de trepada (más de 60° sobre el horizonte) y muy baja velocidad, aplicando 0 "g" para no entrar en pérdida de sustentación, hasta que el avión recuperaba velocidad suficiente con nariz abajo para su vuelo normal. Practicábamos tirabuzones de dos vueltas y tanto en la entrada como en la recobrada eran maniobras muy suaves.
Para el vuelo de navegación estaba equipado con un VOR -ILS y dos ADF, pero su único horizonte artificial eléctrico estaba presentando algunas fallas en esa época.
Mi adiestramiento se veía interrumpido cuando debía embarcar en el portaaviones para cumplir tareas de oficial señalero de aterrizaje de los T-28, hasta tanto se formase otro señalero bajo instrucción.
En uno se estos embarcos controlaba la aproximación del 3–A-206 tripulado por el Teniente de Fragata R. E. E. El avión había quedado un poco alto en la parte final de la aproximación, por lo que le ordené "corte" para asegurar la zona de cables. Con la reducción del motor, el piloto dejó que la nariz bajara ("Dive for Deck") y en contacto con la cubierta el parante de la nariz colapsó.
El noble T-28 comenzó a tocar las puntas de pala de la hélice sobre la cubierta metálica del buque, y siguió su corrida hasta despegar nuevamente. Con sus palas de hélice reducidas, grandes vibraciones del motor por el consecuente desbalanceo y con toda la potencia aplicada, el avión no lograba trepar. El piloto subió el tren de aterrizaje y por radio transmitió que tenía vibraciones muy fuertes y no tenía indicación de arriba de la rueda de nariz. Le contesté que no era la indicación lo que no tenía - era la rueda de nariz.
Por la imposibilidad de aproximar nuevamente al buque a un enganche de emergencia, y de llegar a la alternativa que se encontraba a unas 150 millas, el comandante del grupo aéreo decidió el amerizaje del avión.
El motor a régimen máximo sólo mantenía nivel y ya estaba con indicación de muy alta temperatura. El buque cayó - cambió de rumbo - para efectuar un recalmón (zona de calma relativa en el mar originada por la estructura del buque en su giro) y el avión realizó el amerizaje proa al viento en esa zona. El piloto salió en pocos segundos y rápidamente fue rescatado por el helicóptero Alouette que estaba en estación. Antes de los treinta segundos el avión desaparecía de la superficie del mar.
Era la primera experiencia para el Teniente R.E.E, ya que habría de ser rescatado nuevamente del mar dos años más tarde, cuando el T28 3-A-205 que tripulaba tuvo falla de motor luego del despegue y cayó a proa del buque. Cerca estuvo de que el portaaviones lo arrollara, y luego de desprenderse con dificultades del correaje, subió a superficie para ser posteriormente izado por el guinche del helicóptero y llevado abordo.
Durante esos embarcos, teniendo fresco el adiestamiento en T-28, yo también realizaba algunos enganches; luego regresaba a Punta Indio y continuaba con mis vuelos en reactor.

Mientras realizaba un período de combate aéreo en el MB-326 había tenido un apagón de turbina ("Flame out") que había solucionado con el botón de reencendido en vuelo, pero la falla no se detectó posteriormente en tierra.
Poco tiempo después regresaba con un numeral, el guardiamarina L.S., de realizar un período de armas en el polígono de Punta Indio. Volando en formación entramos al circuito de tránsito para efectuar la llamada ruptura de formación en la cabecera opuesta con 300 metros de altura para incorporarnos al circuito de aterrizaje.
En la maniobra como líder giraba 90° del rumbo con una inclinación de 45° de alas, al tiempo que reducía la potencia y sacaba freno de picada para que la velocidad disminuyera y permitiese bajar el tren de aterrizaje; luego reajustaba la potencia para volar a nivel con tren abajo, buscando la posición inicial. Mientras ejecutaba el procedimiento, mi numeral- que realizaba lo mismo unos segundos después- me llamó por radio para decirme que había tenido un apagón de turbina. Rápidamente le contesté con una sola palabra: "Reencienda!". Su contestación fue también inmediata: "Lo intenté, pero no reenciende. ¿Qué hago, me eyecto o me plancho?". Giré bruscamente hacia la posición que él tenía para apreciar la situación y mi respuesta no demoró: "Tírese adelante que tiene un campo 'piola'". A partir de esa indicación empecé a sufrir más que el "michi". Por manual, el avión está previsto para aterrizar en caso de emergencia en un campo no preparado con tren de aterrizaje abajo. Su altura para eyección también estaba dentro de los parámetros. Ambas alternativas implicaban riesgo. La eyección del asiento Martin Backer era a través del plexiglas de la cabina, y no teníamos antecedentes en la Escuadrilla de eyecciones del avión. Por otro lado, un campo no preparado puede tener desagradables sorpresas que difícilmente se ven desde el aire sin un reconocimiento previo. Pero le aconsejé lo que yo hubiera hecho y esperaba un feliz resultado.
El "michi", que mantuvo su habitual calma, bajó el flap y niveló en el campo con los 100 nudos (180 kilómetros) de velocidad correspondientes. Desde el aire pude seguir la corrida de aterrizaje y detención del avión, para recobrar la respiración contenida al escuchar la voz de mi numeral diciendo que "todo estaba OK".
Excepto unas pocas averías en el flap, el avión no sufrió mayores daños, y una semana más tarde estaba volando, luego de que encontraran el origen de los últimos "flame out": una válvula de drenaje de la turbina que debió recorrerse en todos los aviones.

Al regreso de uno de los primeros traslados de la escuadrilla al sur, ocurrió un incidente que pudo haber sido de graves consecuencias.
Habíamos despegado desde la Base Aeronaval Almirante Zar (Trelew) seis Macchis con destino a Punta Indio. Volábamos en divisiones de tres aviones y sin suficiente viento de cola - algo poco común en ese arrumbamiento, ya que en altura predominan los vientos del sector sudoeste en esas latitudes- de modo que la navegación no daba suficiente margen para completar el vuelo directo, por lo que aterrizamos en la alternativa, Base Aérea Tandil, para reabastecer combustible y ver el estado meteorológico en Punta Indio, que no era del todo bueno.
La nubosidad estaba para condiciones instrumentales, y la tendencia no era a mejorar.
Luego de completar los tanques con JP -1 despegamos para realizar el relativamente corto trayecto que nos restaba. Llegando a destino, la torre de control nos informó que se estaba cerrando el campo , con disminución del plafond, lo que significaba que no podríamos aterrizar si se alcanzaban los mínimos meteorológicos y deberíamos regresar a Tandil.
Aunque lo normal es una entrada por secciones (dos aviones), ¡el líder de la formación ordenó una entrada instrumental de seis aviones! Volando en "V", el líder con dos numerales, uno a cada lado, y el líder de la segunda división como "farol" y con los otros dos numerales, iniciamos la penetración.
El tope de la nubosidad era muy definido por ser una capa de stratus y no estaba por arriba de los 600 metros. En formación muy cerrada entramos en nubes durante el giro de procedimientos. La aproximación era con VOR- ILS y el campo estaba apenas sobre los mínimos meteorológicos para ese tipo de radioayudas, y por debajo para el "circling"- circuito realizado sobre el aeródromo luego del contacto visual para ir a otra cabecera de pista -, que es de 500 pies de altura sobre el terreno.
Seguíamos al líder dentro de nubes cumpliendo con los pasos de la trayectoria: freno de picada abajo, con velocidad reducida tren de aterrizaje abajo, reajustar potencia, medio flap en posición, etc., que efectuábamos de acuerdo a las órdenes del líder recibidas por el canal interno de radio, en tanto entrábamos en final de la aproximación dentro de la nubosidad gris cerrada pero muy estable en cuanto a turbulencia.
Desde la torre seguían informando sobre la evolución de las condiciones meteorológicas que empeoraban. Yo había recibido la señal sonora del localizador externo del ILS y estaba a la derecha del líder de la formación manteniendo la posición muy cercana para no perderlo de vista. El otro numeral, a su izquierda, era el Teniente de Corbeta Jorge Oliveira. Más atrás venía la otra división con su líder volando como “farol” muy cerca de la cola del primero y sus dos numerales a nuestra retaguardia manteniendo su posición con el “farol”.
No habíamos alcanzado el localizador interno, cuando sin recibir ninguna señal por radio o visual, el líder realizó un abrupto escape, metiendo freno de picada, potencia plena, y tren y flap arriba. Aunque intentamos seguirlo, lo perdimos de vista los que volábamos pendientes de su avión, y así quedamos cinco aviones dentro de nubes entre localizadores externo e interno a muy baja altura, sin avión líder que realizara la aproximación instrumental. Mi escape lo hice en giro por derecha, mientras el Teniente Oliveira lo hacía por izquierda. La otra división realizaba otro tanto y se desmembraba. Volando por instrumentos y rogando no colisionar con alguno de los otros aviones en la misma situación, uno a uno emergimos sobre la capa de nubes.
El "Tata" Dios había oficiado de controlador aéreo e impedido que en tan reducido espacio seis aviones se encontraran en lugar y tiempo.
Nos juntamos por secciones y de esta manera realizamos una a una el procedimiento por instrumentos como la doctrina manda. Como numeral mío voló el Teniente de Corbeta Julio Barraza, y luego de hacer contacto con poco más de cien metros de techo, efectuábamos el aterrizaje en formación. Nunca recibimos una explicación satisfactoria de parte del líder más antiguo que realizó tan precipitado escape en final de la aproximación.

En el mes de agosto regresé a Espora para transferirle mi experiencia con el "Martín Pescador" al Teniente de Fragata Edgardo Espina, quien realizó nuevos lanzamientos experimentales desde el T-28 A- 205 mientras yo lo seguía desde otro avión asistiéndolo. Durante una semana regresé al vuelo con motor a pistón y experimenté la incómoda sensación de falta de aceleración al soltar los frenos para el despegue, en comparación al impulso inicial dado por el cien por ciento de la turbina cuando iniciaba la carrera de despegue con el Macchi.

En la escuadrilla, los MB- 326 pasaban una mala época con los horizontes artificiales y la transferencia de combustible de los tanques de punta de ala a los tanques de ala desde donde tomaba el motor. De esta falla uno se daba cuenta luego de un largo tiempo de vuelo a través del sistema indicador de combustible. La conjunción de estas cosas y algunos factores más que nunca faltan ocasionaron el accidente del MB-326 4-A-105 en Monte Caseros.
La Escuadrilla tenía previsto el desplazamiento a la ciudad de Corrientes para efectuar apoyo de operaciones fluviales. La meteorología era realmente mala, cubriendo con nubosidad baja desde Punta Indio hasta Corrientes. Nos trasladaríamos seis aviones volando por secciones, y ya el primer intento fue un aviso: a poco de despegar el líder de una sección tuvo fallas de su horizonte artificial y tuvo que regresar volando como numeral de su acompañante para poder realizar el procedimiento instrumental, ya que Punta Indio estaba con doscientos metros de “plafond”.
Otra sección debió regresar al detectar fallas en uno de los aviones. Yo volaba en la tercera como numeral del Teniente de Navío J.C. y también regresamos por problemas de transferencia de combustible. En esa oportunidad, en final corta de la aproximación para el aterrizaje y tomando distancia del líder luego del procedimiento instrumental -porque el viento estaba fuera de límites de través para el aterrizaje en formación -, yo entré en la turbulencia originada por el avión anterior y debí esforzarme para controlar el mío.
Al día siguiente, reparadas las fallas y con la situación meteorológica sin mayores variaciones, nuevamente despegamos las tres secciones.
Atravesamos el área de control de Buenos Aires por el norte y manteníamos un nivel de traslado sobre capas de nubes cercano a los 30000 pies. Debíamos aprovechar la altura y su viento para llegar a Corrientes sin problemas.
Luego de haber dejado Rosario por el través, comenzaron a manifestarse las fallas en el avión de mi líder de sección: la del horizonte artificial eléctrico y también la falta de transferencia de combustible de tanques de ala al central, consumidos ya los tanques de alas externos. El líder debería dirigirse a una alternativa cercana, pues a Corrientes no llegaba con el combustible remanente, y a Punta Indio tampoco.
La información que recibíamos del estado de los aeropuertos de la zona era desalentadora; la mayoría bajo mínimos meteorológicos, y el resto operando por instrumentos pero desmejorando. Luego de evaluar las alternativas posibles y de mantener comunicaciones con el líder de la formación, quedó considerado como meteorológicamente más apto el Aeródromo de Monte Caseros, aunque no tenía JP-1 y se debería traerlo desde Paso de los Libres.
Yo asumí el liderazgo de la sección, pues con falla de horizonte el otro avión dependía del mío para el vuelo por instrumentos. El Teniente de Navío J.C. debía volar formación cerrada para no perderme de vista; caso contrario, él y su tripulante corrían el riesgo de tener que eyectarse. Además no tenían combustible disponible por mucho tiempo.
La entrada por instrumentos a Monte Caseros era con VOR y radiobaliza interna como radioayudas, algo mejor que una con ADF, pero no tanto como una aproximación con indicación además de pendiente, como en el ILS. Bloqueado el VOR inicié la penetración desde los 10000 pies con mi numeral "pegado" a la derecha. Cruzamos capas de nubes medias y luego entramos por instrumentos en la capa baja. El alejamiento fue normal y estabilizado en el radial de acercamiento, y con los aviones en configuración de aterrizaje no quedaba otra que descender, si era necesario, los mínimos establecidos en la carta de navegación, pues el avión de mi numeral no tendría suficiente combustible para intentar otra aproximación y debería abandonarlo.
Alcanzados los mínimos seguíamos volando por instrumentos y descendiendo cuando pude ver el río Uruguay en la vertical, aunque no continuamente. Seguí mi descenso y recién con 60 metros (180 pies) dejé la capa de nubes. Estábamos enfrentados a la pista, la visibilidad horizontal no era buena, pero sobre el río los sesenta metros de altura parecieron suficientes para que mi numeral me sugiriera que siguiéramos por el río a Paso de los Libres donde tendríamos combustible. A poco de recorrido el río notamos que la decisión no era buena; por momentos el techo era más bajo y la visibilidad peor.
Ya habíamos dejado por el través izquierdo la pista, así que debí realizar un "circling" para la pista en uso, seguido del numeral, mientras esquivábamos antenas y otras elevaciones cercanas a la ciudad. La aproximación fue muy cerrada, pues se perdía de vista la pista, y recién en final corta inicié el descenso. Aterricé sobre el margen derecho de pista para que mi numeral lo hiciera sobre la izquierda, pues el componente de viento, que no era mucho, estaba de ese sector.
Controlada la corrida, lo comuniqué por radio en canal interno y esperé el "controlado" de mi numeral para detener el avión y regresar hacia el desalojo de pista y de allí a la plataforma de estacionamiento. No recibí la comunicación y seguí hasta el final de pista, al mismo tiempo que por radio llamaba al numeral. Silencio. Algo andaba mal. Miré por los espejos superiores de la cabina y en vuelo no estaba. Tímidamente giré el avión en el final de pista y con esfuerzo pude mirar hacia atrás. El 105 estaba detenido en forma inusual sobre el costado de pista y en su primer tercio.
Esta vez su avión había entrado en la turbulencia producida por el mío en cercanías de la pista y no había podido controlar las bruscas oscilaciones que acabaron en un aterrizaje brusco y algunas averías sin consecuencias personales.
Esa noche gozamos de la hospitalidad del Regimiento que sería tapa de noticias muchos años después, y al día siguiente, con buena meteorología, un Grumman Albatros UH-16 B aterrizaba transportando al grupo de mecánicos que acondicionaría el avión accidentado para trasladarlo en camión a Punta Indio.
Yo completaría mi vuelo a Corrientes para cumplir con las operaciones previstas durante una semana. Más tiempo le llevó al 105 entrar en servicio nuevamente, pero muy cerca estuvo de perderse.

A fines de ese 1974, el Torneo de Tiro Aeronaval se llevaría a cabo en la Base Aeronaval Punta Indio. Sus orígenes se remontaban a los desafíos de tiro aéreo que en diversas oportunidades habían mantenido escuadrillas de ataque entre sí.
En los primeros años de los '70, el Comando de la Aviación Naval los oficializó entre todas las escuadrillas de ataque, y luego incorporó también a la de Exploración compitiendo con la Antisubmarina. La Primera, Segunda y Tercera Escuadrillas de Ataque con aviones Macchi, T-28 y A-4Q respectivamente, y la Escuadrilla de la Escuela de Aviación Naval con T-28 eran los participantes de ese año.
Las pruebas del torneo abarcaban lanzamiento de cohetes 30°, bombas rasante y en planeo de 30°, ametrallamiento y una llamada 'Pentathlon', que comprendía una navegación rasante con puntos de verificación y posterior entrada al polígono de tiro para efectuar un lanzamiento de bombas.
El armamento era de ejercicio y cada avión realizaba cuatro corridas efectivas sobre los blancos. El reglamento, que se fue perfeccionando durante toda la década, preveía penalidades y puntuaciones para cada ejercicio. De los segundos de diferencia entre el instante del primer lanzamiento y la hora asignada para realizarlo, pasando por los desvíos en los parámetros de tiro (altura mínima, ángulo de picada, velocidad del lanzador, etc) y las fallas de armamento, surgía una puntuación que corregía la precisión del tiro en sí con relación al centro del blanco. Dada la diferencia entre las plataformas de tiro, cada escuadrilla competía contra el valor estadístico de su llamado "blanco ficticio" que se obtenía de los últimos años de errores probables circulares en la calificación anual de sus pilotos.
Era una semana donde los aviadores de ataque se reunían y competían con la pasión propia de un River-Boca. Se editaban circulares al finalizar cada jornada y no faltaban las chanzas por los resultados de cada prueba con sus innumerables anécdotas. La rivalidad era tan grande que hasta se sospechaba de la posibilidad de algún sabotaje, como el de cortarle un cable eléctrico a una cohetera para que fallase el lanzamiento del cohete, o mover la mira para que saliese de alineación en puntería. Por tal razón los sistemas de armas eran verificados y armonizados antes de cada vuelo.
Por cada ejercitación competían dos pilotos que no podían repetirse en otra prueba. Ese año lo hice en bombardeo 30° con un aceptable rendimiento, pero no ganamos la prueba.
Al finalizar el torneo y luego de la entrega de los premios renacía la habitual camaradería de quienes nuevamente se enfrentarían el siguiente año, quizás participando con otra camiseta. En mi caso particular, competiría con el Skyhawk y anteriormente lo había hecho con el T-28.

A fines de año fui designado para realizar en los Estados Unidos el curso de familiarización en el TA-4 J - un biplaza del A-4 - , para ser destinado posteriormente a la Tercera Escuadrilla Aeronaval de Caza y Ataque.
El "Rodrigazo" había licuado la deuda del crédito que contraje para cambiar el Citroen 2CV modelo 66 por un flamante Renault R-6 1974, aunque con Stella y los cuatro chicos apenas podíamos acomodarnos en él.

CORTES DE CABLE

VII-CORTES DE CABLE

A principios de enero de 1975, los tres pilotos designados, el Teniente de Navío Jorge Colombo, el Teniente de Fragata Carlos Sánchez Alvarado y yo, nos presentábamos en la Escuela de Lenguas de la Base Aérea Lackland, sita en San Antonio, Texas, para realizar el curso obligatorio que se le impartía a los extranjeros antes de una instrucción militar, con el objeto de familiarizarnos con el idioma, costumbres castrenses y vida cotidiana en los Estados Unidos.
Durante dos meses compartimos clases con oficiales de más de treinta países. En aquellos tiempos sobresalían en cantidad los cadetes iraníes, que realizaban cursos de varios años hasta adquirir el idioma y el rango de oficiales en las fuerzas armadas de su país, para terminar operando material de guerra muy avanzado. No menos numeroso era el grupo de representantes de Arabia Saudita.
Entre los amigos que hicimos con mayor rapidez, además de españoles, brasileros o peruanos por razones de afinidad en las costumbres, estaba un capitán de la Fuerza Aérea de Indonesia, llamado Yulikin por haber nacido en el mes de Julio, que había realizado cursos en la Unión Soviética pero que con el cambio ideológico de su país entonces los realizaba en los Estados Unidos. Jugaba frecuentemente al tenis con nosotros y su compañía era muy agradable. Tiempo después nos invitaría a visitar Yakarta, pero por razones obvias tuvimos que desechar tan amable muestra de amistad.
Alcanzados los niveles requeridos de conocimiento de inglés, nos presentamos a principios de marzo en la Base Aeronaval de Kingsville, y yo fui incorporado en el Escuadrón VT-22 junto al Teniente Colombo, mientras que el Teniente Sánchez Alvarado volaría en el VT-21.
Luego de tres semanas para estudiar el avión TA-4J, los procedimientos de vuelo y algunos turnos de adiestramiento en tierra utilizando el simulador FT-90, el 24 de marzo efectué mi primer vuelo. Los períodos iniciales eran en cabina trasera bajo capota y de procedimientos instrumentales. Luego volaría familiarización desde la cabina delantera, y más tarde formación de cuatro aviones, nocturno, formación nocturna y demostrativos de combate aéreo.
Con mi primer instructor, un Mayor de la Infantería de Marina con dos campañas a Vietnam en su haber - la primera volando helicópteros y la segunda aviones Phantom- realizamos una singular travesía de fin de semana a Los Ángeles.
Yo volaba desde la cabina trasera en condiciones instrumentales con un nivel de 33000 pies, y la altura de presión en la cabina era de 17000 pies. El nivel de oxígeno líquido había bajado lo suficiciente como para hacernos dudar que pudiéramos llegar directo a Los Angeles con lo remanente. El Mayor Collins me pidió que no respirara oxígeno para ahorrar, y él me vigilaría por los espejos retrovisores para indicarme, cuando yo tuviera los efectos de la hipoxia, que respirara del sistema de oxígeno.
Yo tenía la experiencia de sufrir los efectos de la falta de oxígeno durante los ejercicios que anualmente realizábamos en la cámara hiperbárica de la Base Aeronaval Espora. A los 25000 pies la hipoxia hace sentir en pocos minutos sus efectos de confusión mental, lentitud en apreciar y reaccionar ante distintas situaciones y una sensación de conformismo y abandono. A mayores niveles, sólo unos pocos segundos bastan para causar el desmayo. En los Estados Unidos habíamos cumplido la prueba ascendiendo hasta 45000 pies.
Con 17000 pies de cabina, los efectos de la hipoxia se demoraban unos minutos. Mientras volaba por instrumentos notaba cuándo mis reacciones no eran las adecuadas en tiempo y tomaba la máscara de oxígeno, respiraba varias veces en forma profunda y seguía volando ante la atenta mirada de mi instructor desde la cabina delantera.
De todas maneras no llegamos a Los Angeles. Tuvimos que descender en la Base Yuma para reaprovisionar combustible y oxígeno líquido.
Dado que el presidente de los Estados Unidos visitaba Los Angeles en ese día, y por razones de tramitación de los permisos de tránsito aéreo, para ir a la Base Aeronaval El Toro en Los Angeles tuvimos que realizar la corta etapa restante volándole formación a un F4 que tenía su permiso de vuelo aprobado. A la Base llegamos a tiempo para la tradicional celebración del "Happy Hour" de los viernes a la tarde, donde pasamos un agradable rato con cerveza tirada del bar.
El regreso nocturno del domingo nos enfrentó a una descomunal línea de tormenta de tal magnitud, que volando con 40000 pies aún lo hacíamos dentro de nubes. Abajo se iluminaban los núcleos de los cumulus nimbus con los relámpagos, y en el parabrisas del avión danzaban luces de "San Telmo", producto de las elevadas corrientes estáticas, que de tanto en tanto estallaban en una viva luz amarillenta.
Aún a ese nivel, la turbulencia se hacía sentir y cerca del techo de vuelo del avión no existe mucho margen para mantener el control, por lo que la tensión y concentración en los instrumentos no daba para comentarios. Luego de la aproximación controlada por radar arribábamos a Kingsville, que había sufrido una severa tormenta con muy fuertes lluvias.
A fines del mes de abril habíamos completado las 35 horas de vuelo acordadas para nuestra instrucción, y luego de cuatro meses regresamos a la Argentina para reencontrarnos con nuestras familias y un cargo en la Tercera Escuadrilla Aeronaval de Caza y Ataque, que tenía los aviones A-4Q “Skyhawk”.

Los Mc Donnell Douglas A- 4B procedentes de la reserva de la Marina de los Estados Unidos fueron recorridos y modificados en ese país. La instalación de equipamiento electrónico acorde a lo requerido por la Armada, como el equipo IFF, el transreceptor de UHF y el ADF se sumaban al importante reemplazo del reactor J 65-W-16 de 7500 libras de empuje por el J 65-W-20 de 8400.
Las alas fueron modificadas para incorporar los spoilers, muy importantes para aterrizajes con vientos fuertes de través, tan comunes en nuestros aerodromos de una sola pista en la Patagonia. Asimismo, para la operación a bordo del portaaviones era necesario contar con un asiento eyectable de capacidad 0/0 (sin requerimientos de velocidad y a nivel del mar), y por tal razón se le instalaron los ESCAPAC 1 A -1.
Todas estas modificaciones dieron lugar a la versión A- 4 Q específica de la Armada Argentina. Este avión de caza y ataque con un peso vacío de 4600 kilogramos, tenía un peso máximo de despegue de 10200 kilogramos, lo que le dejaba una gran capacidad de carga de combustible y armamento.

La Escuadrilla conformada inicialmente con 16 aviones A4 Q Skyhawk en 1972 ya había tenido la pérdida de dos aviones y la vida de ambos pilotos.
El 16 de enero de 1973 el A 4-Q 3 A- 216 se accidentó en proximidades de Bahía Blanca, provocando la muerte de su piloto, el Teniente de Fragata Mario Peña, quien se desnucó al eyectar por haberse enganchado la manguera de su máscara de oxígeno en la T del acelerador, lo que le provocó un fuerte tirón de la cabeza hacia abajo al momento que el cohete eyector hacía que el asiento abandonara la cabina. Posteriormente se aseguró la manguera por medio de un broche al traje de supervivencia para evitar otro suceso semejante.
El 25 de Junio de 1973 se accidentó el 3 -A- 215 sobre el mar próximo a Monte Hermoso, desapareciendo el Teniente de Navío Eduardo Marty.
En ambos casos los pilotos estaban realizando maniobras verticales (rizo) y las Comisiones de Investigaciones de los accidentes les atribuyeron como causa más probable la pérdida de control del avión por el llamado "Departure". Este fenómeno se manifiesta como un violento tirabuzón al perder el conjunto de cola el flujo de aire perturbado por el ala principal. Luego de los accidentes llegó a la Escuadrilla el resultado de la investigación que se había realizado sobre el tema en los Estados Unidos. Esta pérdida de control se produce con grandes ángulos de ataque (a baja velocidad) y se manifiesta con violentos giros en los tres ejes del avión; la respuesta típica para la recuperación ante una supuesta entrada a un tirabuzón sólo agrava el "departure".
Para este caso debían centrarse los controles de bastón y pedales y llevar a 0 grado la incidencia de la cola volante, y esperar que se reestableciera el flujo de aire sobre el empenaje de cola, cuando cesarían los violentos movimientos de avión y se pudiera recobrar el control del vuelo.
Bajo los 10000 pies la eyección era mandatoria por no existir suficiente espacio para la recuperación del avión.

En mayo de 1975 los recién incorporados a la unidad realizamos los cursos de conocimiento y procedimientos del avión ( que incluían un examen de identificación de todos los elementos de la cabina con los ojos vendados), y el manual del avión con sus procedimientos normales y de emergencia se convirtió desde esa fecha en mi libro de cabecera mientras volé el A-4.
Un avión de alta performance no deja margen para errores. Solo, en una estrecha cabina donde los acontecimientos transcurren a gran velocidad, la reacción ante una falla o situación inesperada debe ser inmediata y correcta. Solo el acabado conocimiento del funcionamiento de los sistemas del avión puede dar una respuesta acorde.
El primer vuelo lo realicé el 10 de junio con la ventaja de mi experiencia en el TA 4-J, y si bien yo tenía más de 4000 horas de vuelo, sólo 200 eran en reactor. Imaginaba cuán distinta había sido la situación para los pilotos que salían sólo con la instrucción teórica, y que antes de despegar por primera vez habían recibido una que otra palmadita en la espalda y el deseo de buena suerte y feliz aterrizaje- lo que había ocurrido también en aviones como el Corsario o el Panther, que carecían de biplazas y eran evolucionados con respecto a los de instrucción existentes-.
Tres días después se accidentaba operando en Portaaviones el 3 A- 310 y perdía la vida su piloto, el Teniente de Fragata Cristian Echegoyen. En una aproximación, su gancho no tomó ninguno de los cables y la turbina tenía un régimen bajo en el momento de toque en cubierta porque el piloto había reducido el acelerador algo por debajo del 80% recomendado. El retardo en la aceleración de la turbina para alcanzar el 100 por ciento fue mayor al tiempo que tardó en recorrer los escasos metros restantes de la pista angulada, y cuando el piloto apreció que caería al mar inició la eyección del asiento. Esto se produjo cuando el avión caía de la cubierta de vuelo inclinándose a la izquierda. El asiento, fuera de parámetros ya que era 0/0 para la condición de avión en posición horizontal, salió impulsado por el cohete en una trayectoria casi paralela a la superficie del mar, donde impactó con fatal consecuencia para el piloto. Su cuerpo no pudo ser rescatado por los nadadores que se habían arrojado desde el helicóptero, y fue arrastrado inerme hacia el fondo del mar por el peso de todo el equipo y del paracaídas abierto.
Este accidente durante la operación a bordo del Portaaviones relativamente pequeño para aviones a reacción, se sumaría a los incidentes habidos con cortes de cable de frenado luego del enganche del avión sobre cubierta de vuelo.
El entonces Capitán de Corbeta Eduardo Alimonda había sufrido esta mala experiencia luego de un normal enganche. La casi inmediata rotura del cable de frenado lo dejó liberado con suficiente velocidad aún como para despegar nuevamente, aunque volando dramáticamente muy cerca del agua, gracias al efecto aerodinámico producido por el aumento de sustentación originado por el flujo de aire bajo el ala en presencia de la superficie, llamado efecto "suelo".
Otro caso había experimentado el entonces Capitán de Corbeta Julio I. Lavezzo, cuando el cable se cortó en el final de la corrida de anavizaje. Con poca velocidad llevó su avión al eje de pista de la cubierta que es más larga y con un frenado bien aplicado detuvo el avión antes de la proa del buque.
Estos casos originaron estudios profundos y consultas con la Armada Australiana, que operaba aviones A-4 en el portaaviones "Melbourne", gemelo del nuestro.
Los cables fueron cambiados y se mantenían los márgenes de velocidad de acuerdo al peso del avión al momento del enganche. Con el peso máximo fijado para el aterrizaje, con 107 nudos de velocidad relativa se llegaba al límite del cable. Tomándose un margen de 3 nudos, más otros tantos de posible error de velocímetro, la velocidad relativa no debía superar los 101 nudos. Esto se lograba de acuerdo a la velocidad relativa del viento en la cubierta de vuelo, resultante de sumar la velocidad del buque -unos veinte nudos- a la del viento real. En función de estos valores, un avión con poco combustible y por lo tanto bajo peso que requería unos 125 nudos en final, necesitaba un mínimo de 25 nudos en cubierta para lograr una velocidad relativa máxima de 100 nudos con respecto a los cables.
Normalmente se operaba con valores relativos de viento mayores a los 30 nudos, gracias a las condiciones generalmente muy ventosas de nuestro litoral marítimo sur. Por estas razones se debía ser muy cuidadoso con el combustible a bordo, única variable para disminuir el peso del avión en el momento de la aproximación, y se daba la cantidad en decenas de libras al momento de obtenerse la "pelota" durante el giro a final. De ser necesario, con anterioridad se arrojaba combustible al mar para entrar en peso de aterrizaje.
Asimismo se utilizaba el indicador de ángulo de ataque para volar en forma más precisa la aproximación. Existía un indicador de unidades de ángulo de ataque que se cotejaba con el peso y velocidad del avión para verificar su correcto funcionamiento.
Esta información de ángulo de ataque se convertía en una señal luminosa en un pequeño semáforo sobre el panel de instrumentos del avión (AOA), que permitía volar la aproximación manteniendo la actitud con la indicación del semáforo y al mismo tiempo poder seguir la "pelota" y alineación con el eje de la pista.
La indicación del semáforo se repetía en uno instalado en el parante de la rueda de nariz, y de esta manera el señalero de aterrizaje apreciaba la velocidad del avión en final. Con semáforo en rojo, la velocidad era excesiva; con verde el avión estaba lento y con ámbar traía la velocidad correcta para el enganche.

El día 23 de septiembre de 1975, luego de noventa aproximaciones PTAP, más de cincuenta horas en el A-4Q y con una experiencia anterior de 172 enganches, realicé el primero en Skyhawk. Luego del enganche era guiado a catapulta. Había experimentado la sensación del catapultaje como vuelo de bautismo a bordo de un Grumann Tracker S-2A en el asiento del copiloto años antes, pero esto sería un poco diferente. Montado sobre la catapulta, al avión se lo tomaba con un grueso cable llamado estrobo con dos ojales en los extremos, desde la tortuga impulsora, que corria sobre el eje de la catapulta, a los ganchos fijados bajo el ala en cada alojamiento del tren de aterrizaje principal. Luego se lo enganchaba en la cola con otro cable que tenía un fusible de acero y con la "tortuga" se tensaba el estrobo desde la caseta de control de catapulta que arrastraba el avión ligeramente hasta que quedara tirante el cable de cola.
Atrás del avión se levantaban los deflectores del chorro de la turbina sobre la cubierta de vuelo, que era una gran pantalla accionada por un sistema hidráulico, y el señalero de catapulta realizaba la seña de poner 100 por ciento en la turbina.
La mano izquierda llevaba el acelerador en forma de T todo adelante y se tomaba de una manija fija a la estructura para evitar que la aceleración del catapultaje hiciera retroceder el brazo y redujera la potencia con la fatal consecuencia de caer delante del portaaviones.
La mano derecha esperaba abierta que el bastón fuera hacia atrás por la aceleración, mientras se mantenía el codo firmemente apoyado sobre el cuerpo.
Luego de una rápida lectura de los instrumentos para verificar que todo estaba normal, se saludaba militarmente al jefe de cubierta para dar a entender que todo estaba bien, y rápidamente la mano regresaba a su posición y la cabeza se apoyaba sobre el cabezal del asiento. A partir de ese instante, con la mirada puesta en la proa del buque- que oscilaba levemente arriba y abajo- se esperaba la señal del jefe de cubierta tocando con la banderilla el suelo y el operador accionaba el sistema de la catapulta a vapor, capaz de acelerar las 22500 libras del avión a más de 120 nudos en menos de 50 metros de recorrido.
El fusible de cola se rompía si la presión del mecanismo era la requerida para impulsar el avión y liberaba la corrida del mismo, arrastrado a través del estrobo por la “tortuga”. En esos segundos de fuerte aceleración la visión se aproximaba a la gris por las g's imprimidas, y el bastón de mando se desplazaba hacia la mano que recién lo tomaba.
Algunos definían la aceleración como un fuerte empellón en la espalda, o un fuerte "patadón", como diría un cordobés. Decían que con el tiempo uno se acostumbraba; evolucionaba de no ver nada al principio hasta llegar a gustar de la sensación.
El avión quedaba con un buen margen de velocidad y en actitud de ascenso, y -una vez repuesto el piloto de la fuerte experiencia- inmediatamente se continuaba el vuelo controlado.

Ese mismo día de mi primera experiencia con el A-4 a bordo, luego de realizar mi segundo enganche, fui llevado a proa estribor para efectuar el reabastecimiento en "caliente" de combustible al avión. Esta maniobra consistía en completar a través de la probe - lanzadera en la proa del avión para reabastecimiento en vuelo - el combustible requerido para seguir efectuando aproximaciones sin necesidad de detener el motor.
En esa posición fui espectador privilegiado de las desventuras del Teniente de Fragata Carlos Sánchez Alvarado, que al igual que yo estaba realizando la calificación a bordo del A-4Q.
Su aproximación y enganche habían sido normales, pero se cortó el cable de frenado y su avión - el 3-A-313 - quedó sobre cubierta con poca velocidad para intentar volar, y con mucha para frenarlo.
Cuando pasó a escasos metros por mi costado en dirección a la proa del buque el piloto tiró de la manija superior del asiento y se produjo la eyección de la cabina e inmediatamente después el cohete impulsó el asiento. La llama del MK1- MOD 1 iluminaba la escena del asiento proyectándose hacia arriba y adelante. La secuencia se cumplía de acuerdo al manual; alcanzados unos 200 pies de altura las vejigas de asiento y espalda se inflaban por el disparo de los cartuchos de nitrógeno, luego de destrabar las correas de asiento, y girando hacia adelante el cuerpo del piloto se separaba del mismo, al tiempo que salía el paracaídas extractor accionado por un cartucho y luego el paracaídas principal que rápidamente tomaba la forma de hongo. No habían pasado cinco segundos desde que abandonara el avión, que el Teniente Sánchez Alvarado pendía del paracaídas, y unos segundos después caía increíblemente sobre la cubierta y a mi lado en la proa.
Con 35 nudos de viento relativo en cubierta, el paracaídas inflado como una gran vela comenzó a arrastrar al desafortunado piloto por la cubierta hacia la popa del buque, mientras éste intentaba infructuosamente desprenderse del velamen, que estaba unido al torso de vuelo por los "fitings" difíciles de accionar con los guantes nomex colocados. En popa del buque, el Teniente de Fragata Aeronáutico Julio García corrió desde la plataforma de señalero con la intención de parar el paracaídas, pero la acción era similar a detener un velero que se desplazaba a 35 nudos por la superficie. Paracaídas y piloto cayeron al mar por la popa del buque y allí el piloto pudo desprender la sujeción del paracaídas, inflar su chaleco de supervivencia y ser rescatado sin lesiones por el helicóptero de estación.
El equipo de vuelo lo había resguardado durante el arrastre sobre la cubierta por más de 150 metros.
Las operaciones con el Skyhawk a bordo serían suspendidas casi un año para determinar con estudios más profundos el origen de los cortes de cable.

El A-4 es un avión donde el piloto está sentado muy adelante sin referencias de las alas que se ven hacia atrás, y tiene alta velocidad de rolido – giro sobre el eje longitudinal -, lo que motiva que el piloto sea proclive a sufrir desorientación espacial. Estas ocasiones son comunes durante el vuelo en formación instrumental o nocturno sin buenas referencias.
Hay momentos en que el numeral - que vuela pegado al líder para no perderlo de vista y no tiene posibilidad de seguir los instrumentos para verificar su vuelo- realmente no sabe cuál es su posición en el espacio. En formación nocturna de traslado en altos niveles sin luna, donde el terreno se confunde con el cielo y las esporádicas luces en tierra con estrellas, la sensación es de estar volando dentro de una esfera negra con puntos blancos, y me ha ocurrido pensar que realizábamos maniobras acrobáticas en formación mientras mantenía mi posición respecto al líder que volaba recto y a nivel. Por esta razón, volando como numeral en estos casos no es sencillo pasar a volar por instrumentos, y la demora en visualizar la situación es indeseable en momentos críticos. Muy próximo estuve a esta experiencia en una ocasión.
Dentro del plan de adiestramiento que cumplía, una noche salí como numeral del Teniente de Navío A.B. a realizar una navegación táctica a baja altura que tenía tres puntos de referencia sobre el terreno y completaba un circuito con regreso a Espora. Luego de volar con 300 metros sobre el terreno las dos primeras piernas, pusimos rumbo al sur para volar la tercera. Ya habíamos observado relámpagos en esa dirección y los apreciamos lejanos. Yo volaba formación a la derecha del líder que mantenía la navegación nocturna con los 300 metros, esperando alcanzar el punto de referencia en el tiempo calculado y caer luego a la pierna final con dirección a la Base. Navegábamos a 360 nudos y para ajustar los segundos de diferencia, se reducía la velocidad a 300 nudos o se aumentaba a 420 durante determinados segundos para cumplir los tiempos de pasaje en cada referencia.
El regreso tuvo que ser adelantado cuando nos encontramos repentinamente volando dentro de nubes, con mucha turbulencia y entre relámpagos. Nos había tragado -literalmente- un activo cúmulus oculto en la noche.
El líder comenzó un giro de 180 grados para salir del mismo, pero con una inclinación de sólo 30 grados por estar volando por instrumentos y tenerme en formación. Esto, sumado a los 360 nudos de velocidad con los que habíamos entrado, ocasionó que la permanencia dentro de ese tétrico escenario nos resultara eterna.
La turbulencia sacudía el avión del líder y por supuesto al mío también, que subía y bajaba de la posición al mismo tiempo que al acelerador lo operaba entre el 100 por ciento y el reducido (IDDLE), y entraba y sacaba freno de picada sin descanso. Igual suerte corrían los controles de vuelo en un continuo movimiento. Trataba de no perderlo de vista y me ayudaban los relámpagos que iluminaban el avión del líder.
Más tarde, con un vaso de whisky en el bar de la Base mientras afuera llovía muy fuerte, el líder de la aventura me confesaba lo preocupado que había estado durante el incidente por la posibilidad de perderme si no hubiese podido mantener la posición. Yo no había tenido tiempo de preocuparme, toda mi atención se había centrado en mantenerme en formación, pues a esa baja altura y en esas condiciones, pasar al vuelo por instrumentos hubiera sido muy dificil.

Durante esos años, debido a las acciones de guerrilleros, las medidas de seguridad en la Base se habían extendido también a los edificios donde habitábamos con nuestras familias en Bahía Blanca. Si bien esta ciudad tuvo pocos atentados- entre ellos el que le costó la vida a dos integrantes del Ejército-, la cercanía con Azul y el ataque que en enero de 1974 llevaron a cabo contra la guarnición del Ejército y que costó la vida no sólo de militares sino también de sus familias, determinó un incremento en las medidas de defensa.
Me costó convencer a Stella de que recibiera instrucción con el uso de un arma y que no realizara trayectos rutinarios llevando nuestros hijos a la escuela. Cubríamos guardia en los edificios durante la noche y esto provocaba no poder cumplir actividad aérea al día siguiente por falta de horas de sueño en el descanso reglamentario. En el caso del A-4 yo respetaba la norma que había pasado por alto en otro tiempo siendo guardiamarina. Volando el PBY -5A luego de una trasnochada, ajustaba muy fuerte el volumen de una radio sintonizada en el ADF que recibía a través de los auriculares y con mucho café soportaba con algunos cabeceos el tedio del vuelo. En una oportunidad volando el Catalina con un compañero como copiloto y habiendo trasnochado ambos, fuimos despertados por el mecánico que no recibiendo contestación a sus llamadas por intercomunicador, se acercó a la cabina para ver qué ocurría. El piloto automático mantenía el vuelo de traslado y ambos “michis” dormíamos plácidamente.

A partir de marzo de 1976, por las diversas funciones que se debieron cubrir en el ámbito civil, tales como intervenciones en universidades, sindicatos, municipalidades, etc, quedamos muy pocos pilotos en la Escuadrilla, lo cual me permitió volar 200 horas en el A-4Q y completar el plan de adiestramiento en todos sus aspectos: lanzamiento de munición de combate, tiro aire-aire, combate aéreo, navegaciones, fotoreconocimiento, reabastecimiento en vuelo, navegaciones a máximo radio de acción, etc. Llegué a cumplir en septiembre mi calificación a bordo del portaaviones, luego de los estudios efectuados relativos a la actividad de los reactores en el buque.
En 1977 la actividad fue similar, pero con cuatro hechos importantes para mí: en enero fallecía mi hermano Arturo, abogado y padre de siete hijos, en marzo nacía Martiniano, nuestro quinto hijo; en julio me trasladaba a los Estados Unidos para realizar un curso sobre la operación del misil aire- aire, y en septiembre tenía lugar mi primer corte de cable.
La relación con Chile por las Islas del Canal Beagle estaba empeorando, y a mediados del mes de julio se ordenó el traslado a la Base Aeronaval Río Grande de seis A-4Q artillados con seis bombas MK-81 de 250 libras instaladas en un MER (Lanzador múltiple de seis estaciones) bajo la estación central, ocupando las dos estaciones de alas con tanques suplementarios de combustible de 300 galones.
Las condiciones meteorológicas eran muy malas en todo el sur, y el despliegue se demoró. Yo había realizado la etapa a la Base Aeronaval Trelew y estaba condicionado en el tiempo por la comisión a los Estados Unidos, así que se decidió que otro piloto me reemplazara para el tramo faltante. El Capitán de Corbeta J.C. recibió el 3-A-311 en Trelew, y yo partí hacia la Capital Federal.
El día 18 de julio, en Buenos Aires y próximo a viajar a los Estados Unidos me enteré de que el avión se había destruido por impacto contra un terraplén próximo a la cabecera de pista 07 de la Base Río Grande, y que su piloto había eyectado sin consecuencias personales, luego de haber efectuado una aproximación instrumental en adversas condiciones meteorológicas sobre el campo nevado. Las bombas, que se trasladaban sin espoletas, no llegaron a explotar.
Durante un mes, en la base Aérea Mac Dill, junto al Teniente de Navío Sánchez Alvarado recibimos clases teóricas y prácticas sobre el mantenimiento y operación del misil aire-aire Sidewinder AIM- 9J, aunque la Aviación Naval poseía el modelo 9B - considerado obsoleto para los americanos-, de manera que debimos profundizar sobre las diferencias.
Ya de regreso al país y durante una incorporación al Portaaviones A.R.A. "25 de Mayo", con una experiencia de 450 horas en el avión y 25 enganches tuve el primer aviso del 3-A-303.
El buque no estaba lejos de la Base Espora, a unas 80 millas náuticas, y navegando en zona de poco viento. Por las limitaciones de los cables, debía enganchar con un máximo de 2000 libras de combustible para tener una velocidad de 121 nudos en final.
Luego de algunos pases de toque y siga con gancho arriba y alcanzado el nivel deseado de combustible, me indicaron que bajara el gancho.
Como había sólo 20 nudos sobre cubierta - lo que hacía el anavizaje más proclive al "bolter"- volé con pelota un poco baja y el indicador de AOA, entre amarillo y verde, es decir un poco lento.
En buena alineación, aunque el viento corría por la pista axial ya que era casi todo producto del movimiento del buque, toqué cubierta e inmediatamente llevé el acelerador al 100 por ciento y entré el freno de picada al tiempo que esperaba la desaceleración. Esta no se produjo; sentí un abrupto tirón y tuve la sensación de un "bolter", por lo que roté la nariz despegando nuevamente el avión con buen control aunque con extrañas vibraciones.
Observé que al avión le faltaba la punta de ala izquierda y parte del alerón del mismo lado. Le pregunté a la torre de control qué había pasado y me contestaron que había perdido partes del avión por el chicotazo del cable que se había cortado, y que me dirigiera a la Base Espora para aterrizar. Pregunté si el tren de aterrizaje estaba normal y si había alguna evidencia de fuego, pues tenía movimientos erráticos en los indicadores de tabs – compensadores - de dirección y elevación, que son indicaciones secundarias de incendio en la cola.
Respondieron que el tren aparentaba normal, que no se veía humo y ampliaron la información con respecto a los restos del avión que se encontraban en la cubierta de vuelo; había partes de un drop de combustible y del flap.
El nivel de traslado óptimo eran 22000 pies, pero luego de subir tren y flap seguían las vibraciones y la relación de ascenso no era la normal, así que nivelé con 15000 pies, ya que con 1500 libras de combustible y a 60 millas de Espora llegaba sin problemas.
Enlazado por radio con Bahía Control escuché que aterrizaba un A-4 y le pedí si podía reunirse en final larga para verificarme las averías. Era el 3-A-305 piloteado por el Teniente de Navío Carlos Sánchez Alvarado que rápidamente despegó para ir al punto de reunión a 12 millas de la cabecera de pista. Confirmó tren abajo normal y las averías del avión; además, que el gancho de aterrizaje estaba incrustado en la parte inferior del fuselaje y no bajaba.
Entré en final de precaución con 150 nudos, flap arriba y spoilers – ruptores de flujo sobre el extrados del ala - desconectados, ya que tenía indicación de rueda de nariz insegura y el AOA no encendía, lo que podía significar una falla del switch del tren que también impedía el armado de spoilers en vuelo al reducir el motor -lo que es muy indeseable-, y así me aseguraba contra la posible falla.
El toque lo realicé con 140 nudos e inmediatamente armé spoilers sobre la corrida para favorecer el frenado. Los frenos respondieron bien, cosa que de no ser así hubiera significado un serio problema, pues si bien estaba armado el cable de frenado en el final de pista, el gancho no bajaría como para detener la corrida del veloz aterrizaje sin flap.
El aspecto del avión era lamentable, el cable había cortado las chapas de duraluminio con una extraordinaria facilidad.
Esta vez el cable seis del portaaviones se había cortado en la unión con la "botella" que lo conecta al sistema de cable en el interior de la máquina de frenado. Un error en la soldadura especial de las 169 filásticas del cable que se unen en la botella fue la causa primaria. El cable cortado deslizó por el gancho del avión hasta que la botella se trabó contra él y el tirón rompió el otro extremo que hizo las veces de un látigo, cortando las estructuras del avión. Todo esto ocurrió en instantes, y por suerte el cable no alcanzó a nadie del personal en cubierta de vuelo.
También fue una botella, pero de buen Whisky, la que el entonces Comandante de la Aviación Naval, el Contraalmirante Rafael Serra me hizo llegar con una tarjeta que decía "¡Que la disfrute!"
El 3-A-303 sería reparado y regresaría al vuelo antes de fin de año, cuando yo preparaba mis valijas para ir a mi nuevo destino, la Escuela de Aviación Naval en Punta Indio, esta vez como Jefe del Departamento Instrucción Aérea. Poco antes de hacer mi presentación en Escuela, cumplía una etapa de navegación en el portaaviones y el día 10 de enero a bordo del 3-A-307 me convertía en "Bicenturion" por alcanzar los 200 enganches, hecho que fue festejado esa noche en el salón de fumar. Luego recibí formalmente una medalla dorada que acompañaría a la de plata de Centurion que ya tenía en mi poder. Ese año recibí también el premio “Corresponsales Navales”, correspondiente al mejor desempeño como piloto de portaaviones.
El traslado de los siete integrantes de la familia a Punta Indio a bordo del Renault 6 nos demostró en la práctica que necesitábamos un auto con mayor capacidad.